Mostrando entradas con la etiqueta NOCHES DE OBOE.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta NOCHES DE OBOE.. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de diciembre de 2010

DILIGENCIAS AJENAS


Hubo un tiempo en el que se prescindían de los detalles truculentos; los hombres eran caballeros y las mujeres demasiado puritanas para reconocer su arrepentimiento. Por mi parte, y desde que tengo constancia de mi comportamiento, procuro no sobrepasar la frontera de la cortesía. No me gustaría saber que hablan de mí como un chamán de costumbres corrompidas.

A tientas, me concentro en mantener los ojos bien abiertos desde la muerte de la abogada. En aquellos días, su presencia asentaba mi estabilidad en estos juzgados. Incluso me acicalaba diariamente con mayor cura y no por cuestión amorosa; ella simplemente me impulsaba al deleite estético de la vida.

Los meses siguientes a su muerte depauperaron mi imagen ante el resto de compañeros. Me empeñé en rastrear los últimos velos de sus últimos minutos. No conseguí nada; más allá de los fracasos, tuve que escuchar cómo hablaban de mí: los términos locura, enfermizo, deprimente o esquizofrenia no me hicieron ningún daño. Sólo consiguieron sobresaltar mi enojo cuando prodigaron el ruín rumor de una posible relación sentimental. Para aquellas pobres mentes, todo parecía cuadrar: llamaron miradas furtivas a los saludos educados, concebían nuestros encuentros profesionales como llamadas provocativas entre amantes.

(Imagen: Germaine Krull)

miércoles, 7 de julio de 2010

ESPECTÁCULO, ESPECTADOR, ESPECTRAL


No hay nada peor que el aliento matutino; aún puedo oler las ondas amargas de la mostaza que anoche engrasó mi cena. Pienso que las mañanas debieron inventarlas los eremitas. O mejor, los eremitas huyeron para no compartir sus mañanas. El desayuno publicitario, ése tan ordenado y ascéptico, no existe. En su lugar me hallo con docenas de platos sucios, quién sabe si llenos de microbios adaptados a mi clima.

Desde la muerte de la abogada han pasado dos semanas. Es posible que algunos días más puesto que he dormido tanto desde entonces que francamente algunas noches se han solapado unas con otras. En el trabajo he alegado encontrarme bajo los efectos de una terrible depresión. Al menos, los años de voluntarioso servicio han valido para que mi buen nombre se encuentre fuera de toda tacha. Quiero reconocer que el sentido de culpabilidad me ha impreso un vacío que sólo una buena reprimenta moral o un severo castigo son capaces de paliar.

Ahora lejos de sofocar esta soflama ruidosa con una vida bienintencionada, me creo batuta de ceremonias y comienzo una danza macabra, arriba y abajo, subo, bajo, me dejo caer contra el suelo, levanto el pecho, golpeo el muro, grito, ¡ah!, ¡socorro!, subo, me quedo quieto. Los ojos destellan fuera de sí. Me muerdo la lengua, fuerte, me causa un dolor placentero. Lloro. Hago muecas. Dejo fluir las manos como tiras de papel. Tiemblo pero no sudo. Me siento. Miro el costado de mi costado. Tengo sueño. Duermo. No sueño.


(Imagen: Frank Horvat)




viernes, 18 de junio de 2010

SÓLO ESCAPAN LOS CULPABLES


"¿Y porqué no?", me repetía mientras lamía en círculos la sopa de los lunes. "Respuesta de fracasado", tarareaba la conciencia a falta de un estribillo. "Nada de eso", resentía mi lengua intentado dar forma a las palabras mientras engullía el caldo templado. En medio de excesos y desórdenes, veía flotar a la deriva los terrones de verduras, las masas de pasta convertidas en grotescas balsas, las gotas de grasa y mi cuchara.

La muerte de la abogada me hundía en sonoros destrozos anímicos. La amaba aunque en mi mente no se conjugara un deseo carnal hacia ella. Sentía encoger la parte alta del estómago sólo de imaginarnos juntos, desnudos, anidando en sábanas comunes. De noche estremezco cuando al sufrir una espontánea reacción sexual, aparecen nítidas y perfiladas las secuencias de su cadáver. Maldigo esos instantes de súbita impotencia viril ante una pesadilla de muerte. Sumerjo los dedos en la garganta para provocarme el vómito. Después, dolido y nauseabundo consigo dormir apenas unas horas.

De mañana llegan diligentes los primeros detectives al Juzgado. Los preliminares a la interrogación son tirantes. Sé mejor que nadie cuánto somos responsables y culpables todos los que permitimos semejante crimen. La limpiadora por no vaciar el cenicero repleto de colillas, el guardián y sus condenados perros, inútiles si no huelen la sangre anterior a la tragedia, yo mismo, patán de tercera categoría, enemigo infesto de la amistad. Todos apenados, reos y testimonios, todos salvo ese disfraz de hombre, comediante veneciano, en paradero desaparecido para satisfacción de los presentes.

(Imagen: Robert Frank)

martes, 15 de junio de 2010

INSTANTES FUGACES, PERDIDOS E INDOLENTES


Pronto una sábana envolvió tu frío cuerpo; los surcos que yacían ahora quietos me impulsaban a anidar con mis dedos entre tu ropa y a imaginar cómo resbalaría mi mano por tu blusa. Carente del movimiento respiratorio, tu pecho se mostraba plano. ¿Habría sido posible insuflarte mi aliento e intentar recomponer el zigzag de tu vientre?



Con el amor de una pareja de fortuitos amantes en una pensión de poca clase, levantaron tu cuerpo del suelo, sin atender a los últimos instantes de tu belleza. Entre tanta gravedad, surgían voces y lamentos del pasillo donde se reunía el personal del juzgado. Aún en cuclillas, levanto mi cara, retiro el haz de pelo que nubla mi visión y emprendo mi viaje de regreso.


La ciudad lamenta tu pérdida pero el ruido de insistentes bocinas no me dejan oír su llanto. Te has ido en un escenario grotesco, corrosivo frente a la suavidad de tu oleácea piel. Sigo insidioso el rumbo que toma el auto fúnebre hasta la morgue. Allí cortarán en rudas láminas las tristes capas que te cubren, ahondarán en la herida hasta deparar con el mortal proyectil que te hizo desangrar para procurarte una muerte lenta.


(Imagen: Sasha Stone)

viernes, 28 de mayo de 2010

UMBRAL DE ACERO


Permanece en mi memoria el eco de aquellas pisadas que golpeaban los escalones como un martillo percute la piel del tambor. Los impactos de las suelas en el mortecino mármol me han perseguido durante meses; incluso me atrevería a afirmar que fueron ellas las únicas causantes de mi posterior delirio.

Los policias subían al piso superior en bandadas, cuáles pájaros negros vociferantes repelían el paso al personal del juzgado. "Asunto policial" -repetían entre cacareos. Era la última persona indicada en presenciar aquella escabrosa escena pero el juez, aún convalenciente, me reclamó para levantar acta. La pierna derecha impedía a la izquierda avanzar hasta el ingreso de su oficina. Sentía que del estómago emanaba una aridez a la que ningún trago acontentaba.

Al abrir la puerta los chicos del departamento de homicidios levantaron sus cabezas y saludaron al magistrado, por mi desolado aspecto no tuve que parecerles más que un chupatintas, patán de escasa categoría. Razón no les faltaban. A mi juicio y sin ánimo de desagrado, su presencia en aquella sala recordaba el ritual de las moscas sobre el cuerpo putrefacto. Con escrupulosa languidez manipulaban el cadáver de la abogada, espolvoreando sustancias blancas y azules que se desintegraban en el ambiente, cargando la atmósfera hasta hacerla irrespirable.

Uno de los ayudantes del forense, solicitó mis servicios como atril. En cutrillas mis piernas formaron un arco que servió de apoyo unos instantes a la hermosa cabellera inerte de la abogada. Quisiera recordar que el tacto de su pelo era esponjoso y que aún pude percibir algunas notas de su perfume.

(Imagen: Ralph Gigson)




jueves, 27 de mayo de 2010

MURDER, MY SWEET



Corrían las 9:30 de la mañana. Un hormiguero de conserjes y ujieres abarrotaban la sala. Los curiosos no tardaron en llegar. Eran las 9:40 y nadie tenía idea del paradero de la abogada. Veía a las secretarias, a las limpiadoras y camareras cuchicheando un asunto de faldas, sus siseos eran ensordecedores, apenas quedaban ondas libres donde encontrar la probada calma natural de las mañanas.

Las noticias sobre una presunta relación con el fiscal vertían sacos de barros en mi conciencia. Siempre estimé que una alta dama de la abogacía no debía sucumbir a los encantos pasajeros de un seductor taciturno y acomplejado. En mis noches ebrias la imaginaba junto a la chimenea, vestida con una bata de satén, repasando informes mientras sus gafas pendían de una diminuta nariz. Los silencios se tornaban incandescentes cuando ella llegaba fiel a su puntual cita con la ley. Con pocas miradas había entendido que se trataba de un ser estoico, dominante de la apocada sensibilidad femenina.

A mediodía, cumplida la máxima continencia de un juzgado impaciente, se reanudan las sesiones. Mi alerta se enciende cuando, taimado pero febril, aparece sonriente el donjuán de los fiscales. Pocos son los minutos que le bastan al conserje para ponerle al día de los acontecimientos vividos durante las primeras horas de la jornada. Capté en su expresión un sentimiento de sorpresa, pero supuse que sería una de tantas caras ensayadas delante del espejo en largas noches de egoísmo vanidoso.

Minutos después, una unidad móvil de la policía irrumpió en las habitaciones del viejo Palacio de Justicia. Venían forenses, detectives, hombres bulto, diría algún comisario de segunda y decenas de maderos de poca monda. Según entendí, el cadaver de la abogada yacía digno y frío en su minúsculo despacho. Los folios de procesos se acumulaban en los rincones, las termitas desfilaban entre cartones, los viejos aparatos de radiación seguían emitiendo calor.

(Imagen: Weegee)

miércoles, 26 de mayo de 2010

NO EXISTE EL AZAR


Cada mañana sigo una escrupulosa ceremonia. A las 6:50 suena una canina alarma que desafía mi feroz instinto. Duermo siempre solo, aunque no por ello he dejado de sentir el placer que provoca el cambio de sábanas todos los viernes de la semana. Me gusta la lencería blanca, me transmite el sosiego de estar en paz con mi madre. Murió hace tres años.

No fumo, aborrezco el humo. No bebo entre semana, detesto al borracho de los miércoles. No tolero las grasas, me causan indigestión. La política me aflije. El sexo me debilita. Los juegos me corrompen. La prensa me aletarga. El arte me atonta. La literatura me contrae. La justicia, eso es otro asunto. La justicia me alimenta. La rutina me refuerza. El deber me fortalece. Los trajes oscuros me distinguen.

A las 7:45 llego puntual al juzgado. Saludo al personal de seguridad, tomo un café largo, dos cucharillas de azúcar, tres gotas de leche y vaso de cartón. En mi taquilla encuentro un pulcro taquígrafo, con sus borradas teclas, ahora inerte y silencioso, testigo afónico de los desmanes humanos.

(Imagen: Herbert List)






martes, 25 de mayo de 2010

MACABRA SINFONÍA O SOBRE CÓMO INVERTIR EL ORDEN DE LOS HECHOS


He dedicado media vida a reproducir fielmente declaraciones de delitos, estafas, raptos, algún asesinato y muchas multas por conducción ebria. Mis dedos pespuntan tal velocidad de deletreo que puedo permitirme pensar en la cena o en la reparación de la bujía mientras anoto explicaciones, dictámenes o ruegos.

A veces, libro una batalla con la realidad. Firmemente, me posiciono del lado de los defendidos e invoco entre sueños argumentaciones incoherentes que harían saltar de delirio a sus adormecidas señorías. Frente a frente al acusado, me alzo victorioso y leo con plétora mi discurso final. Enfundado en mi impecable etiqueta, finamente planchada por una cándida asistenta, miro de perfil con un suave magnetismo a los presentes. El público asiste a una representación única, mayestática, llena de agravios demagógicos y de sutilezas léxicas. Consumido mi turno de réplica, oigo aplausos que reafirman mi versatilidad. El juez, finalmente, accede ante mis alegatos y estampa con energía el tampón del sobreseimiento.

Abstraído en rumores de gloria, he perdido mi concentración. Me aplico una severa reprimenda y retomo el orden. Una bonita abogada, con cara de pocos amigos, ojea con desatino mi fugaz huida. Puedo percibir un ligero enojo en sus fríos ojos negros. Sus piernas, embutidas en medias transparentes, son el centro de atención del fiscal, un ruín guaperas al que pocas mañanas le han despertado sin compañía femenina.

(Imagen: Lee Miller)