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sábado, 2 de abril de 2011

SOPA DE POCHO


Cae la tarde en el huerto. El sol se derrite entre el vapor de espesas nubes y unos pocos haces de luz bajan hasta el suelo. Desde mi ventana, los rayos luminosos parecían desembocar en la escalera de Jacob. Decidí salir a buscar los peldaños que conducían hasta la gran esfera. El tiempo descontaba velozmente cada segundo. Tenía pocos minutos antes de que la celosa luna ocultara mi dorada escalera. Pedí prestado a un viejo saltamontes un casco que cubriera mi cabeza y robé unas aletas de rana tan desgastadas que mis pequeños dedos sobresalían en sus puntas.

Así de equipada me dispuse a salir. Las tablillas de madera del consumido suelo crujían doloridas por mis pisotones. ¿Qué podría hacer? Aún no había conseguido convencer a ninguna golondrina para que me enseñara a volar. "¡Pssss!" -grité cabreada- "vais a asustar a los abuelos." Al fondo de la cocina, se oían silbante la olla que cocía la sopa de los viernes. Ahora se escuchan algunos pasos. La tía Nina habría acabado de bordar grecas en la ventana. El crepúsculo se acercaba y la escalera se estaba difuminando como si Eolo soplara dispersando sus infinitas gotas áulicas en el horizonte. Pensé esconderme en el reloj de cuerda. El péndulo golpeaba mi casco de saltamontes. El tic-tac de aquel cachivache ahora sonaba croc-croc.

Cuando el abuelo me descubrió, soltó una sonora carcajada: "Margarita, hija, éste no es lugar para tus juegos de niña." Entonces, llegaron la abuela y la tía Nina, quien con sus puntiagudas manos, limpiaba los trocitos del saltamontes en mi cabeza. Estaba desconsolada: la escalera había desaparecido, el casco y las aletas estaban destruidos y para colmo me esperaba humeante la agria sopa de pocho.

(Imagen: Alex Webb)

lunes, 28 de marzo de 2011

TIEMPO DE PODA


El señor Tulo venía cada año a cortar los muñones de los árboles. Cargado con una hoz, caminaba erguido entre las cepas canturreando una copla de marineros. Lo seguía con la mirada a riesgo de que, al percibir mi atención, tuviera que escuchar sus quejas sobre la pereza que castigaba a los niños de ciudad. Me sentía impresionada por el tic-tac de sus tijeras. Ahora creo recordar esa dulce cantilena que me abstraía hasta quedar embobada. A su paso, los terrones de barro seco explotaban en partículas de polvo gris y sus agrietadas y descoloridas pantuflas se convertían en zarpas animales. Sin duda el señor Tulo tenía mucho de animal. Comía los racimos de uva masticando incluso las ramitas y se permitía eructar bramando al cielo. Nunca pude imaginarlo acariciando a un ser vivo. Las cigüeñas le huían y los perros agachaban el hocico sabedores de un posible ataque de ira.

Oía decir al abuelo que la maña en la poda del señor Tulo era exquisita, que mimaba cada rama con sumo tacto y que nadie como él hacía brotar con semejante fuerza a los nuevos pimpollos. A mis ojos, aquellas palabras carecían de toda lógica. Tulo era un hombre abrupto; seguro que los árboles, asustados de sus severos cortes, lloraban, sin querer, la nueva sabia renovadora.

(Imagen: Josef Sudek)


domingo, 27 de marzo de 2011

EL VELO DE LEUCOTEA



De noche y a oscuras, sonaban ruidosas las hojas. Corría al resguardo de una vieja manta, cosida con deslucidos hilos violetas y dorados, que habría servido de ajuar a la tía Nina. Bajo aquel paraguas de lino, me consolaba pensando que a las moscas tendría que parecerle estruendoso el quedo rumor de un simple batir de pestañas. ¡Qué diminuta sería la vida siendo un insecto!

De día, el huerto tomaba luces distintas. Me ocupaba personalmente de supervisar que las abejas picasen las uvas podridas y aleccionaba a la reina madre cuando se atrevía a morder las bayas sanas. Tenía una bonita cesta de mimbre pintada de blanco por generaciones de mujeres. En ella, vertía las manzanas precipitadas entre los surcos del arado. No temía a las frutas infectadas porque, en mis sueños, recorría alegre las galerías formadas por larvas y orugas. Recuerdo aún el fresco olor de la vida dentro de las peras y de los membrillos.

El abuelo recogía las hojas de melisa y las hervía hasta conseguir una agria tisana. La melisa era la planta favorita de las abejas. El abuelo la usaba para hacerme dormir. Una niña tan despierta, con ojos como faros vigías, se quedaba marchita tras beber aquel tibio brebaje. Sentía una tranquilidad ahora perdida cuando el dorado vaho de la infusión mojaba mi cara y miles de gotas aspergeaban el vello de mis mejillas.

(Imagen: Madame Yevonde)

sábado, 26 de febrero de 2011

LA PULPA DEL LIMÓN


En las mañanas templadas de marzo se posaban desnudos en mi ventana dos bellos limones campaniformes. Recuerdo cómo anhelaba tocarlos o incluso cortarlos para estrujarlos contra mi piel y luego lamer su jugo entre muecas acres. Sin embargo, dejaba cocer mis deseos con la esperanza de que, día a día, los límpidos limones comenzaran a perder su virgen tonalidad amarillenta y se secaran hasta quedar la cáscara bien arrugadita. Para entonces, las hojas habrían cedido ante la laxitud de las horas: quedarían ya henchidas y distantes como la mirada de los amantes que esperan en silencio a que suene su canción. Tenía siete años y me llamaban Margarita.

En ocasiones, cuando el clima era húmedo solíamos pasear por las afueras de la ciudad. Para disfrute de mi imaginación dibujaba en aquel pantanal una gigantesca noria que sobresalía de un paisaje de carpas coloradas, donde enanos y enanas tendían sus tenderetes con pingos e interiores. Sentía pánico cuando aquella fantasía curtida en mi alma se revertía maldita contra su propia creadora y entonces, los señores malvados del circo me raptaban con ellos. Y en un periquete, ya aparecía evanescente mi sosias gitana, con churretes y andrajos. Habrían vendido el bonito vestido de piqué que mi abuela cosió para mí durante la primavera, sentada en su merecedora y quejándose porque nadie sino ella reparaba en la necesidad de encalar la fachada, antes de que las tiranas fauces del sol nos derritieran las entrañas.

(Imagen: Martín Chambi)