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domingo, 13 de noviembre de 2011

AMANECE EN EL IGLÚ DE LA POESÍA




Luchaba con un manojo de flores mustias que llevaban varios días muriendo en el salón. Las apilaba con tal fuerza que sin querer sus manos se llenaron de savia. Yo lo miraba con aires revueltos, insinuando mi tristeza. Para él, aquellas flores amarillas de tallos verdes eran solo celulosa y por tanto, debían terminar en el contenedor de reciclado. Luego, intenté poner en pie mi argumento delirante; hubiera querido explicarle cómo dar sepultura a las margaritas: así, extendidas en un vaso vítreo con suficiente agua podrían flotar durante días. Él se negaba a recrear una ciénaga en casa. Yo pensaba en Ofelia, mientras le reprochaba su falta de amor a la sensibilidad y al misterio.

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Esta mañana había algo especial en su mirada. Se levantó cansado, con ojeras. Apenas abrió los ojos, los llenó con las letras de decenas de libros que teníamos acumulados a la orilla de la cama. Enseguida se puso de pie. Miró cómo actuaba a parecer dormida y creo que lo reflejó con una sarcástica sonrisa pícara. "Siempre sabrás cuando miento", me lamentaba errática.

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Me untas de grasa tibia cada mañana para calmar el frío de este crudo otoño agrisado.

(Imagen: Man Ray/Lee Miller)

lunes, 10 de enero de 2011

OXIDADO PARÍS


Con la polución de los años y las prisas de esta ciudad, hemos olvidado cómo explotó nuestro deseo aquel verano en París. Tú planeabas vuestra boda entre rizos de merengue, invitaciones al convite y moralinas prematrimoniales. Yo había desaparecido de tu vida hacía ya algunos meses. Para entonces, las cartas y mensajes diarios hablando de lo profano y lo sentimental se paralizaron bruscamente, quedando nada más que algunas notas de reproche en noches de recuerdos noctámbulos: "no sé qué fui para ti. P.D. Te echo súbitamente de menos."


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Tiene gracia porque con poca frecuencia la suerte se apiada de los que se dan por perdidos. Llegados a este punto, entiendo que al azar debimos parecerle tan penosos que solo pudo ser concupiscente con dos amantes que optan por convertirse en víctimas pusilánimes. Así fue como nos encontramos, a tan sólo una semana antes de tu compromiso, enredados en tormentosas y profundas caricias à l'eau de rose.


Concebimos un plan: nos comportaríamos como amantes furtivos desde el primer segundo. Habíamos hablado demasiado, sabíamos muchas cosas el uno del otro pero apenas nos conocíamos. Ignoro qué te preocupaba exactamente. En mi caso, sentía absoluto pudor porque me vieses desnuda. Peor aún, no sabría cómo reaccionar cuando viera cómo tus ojos miraban mi cuerpo. Llegado el caso, había pensado responder como Gargantúa y sucumbir sin más a los apetitos trogloditas, estrangulando la timidez y convirtiéndola en descaro. De cómo nos amamos no me resulta fácil escribir. Simplemente los nuestros parecían los últimos besos humanos en un baldío París.

(Imagen: Henri Cartier-Bresson)



miércoles, 5 de enero de 2011

BUQUÉ DE MENTIRAS


Deben ser ya casi las ocho. Lo intuyo por la intensidad de la fatiga que se posa en mi sien. Hace años que destruimos todos los relojes de casa. Él no los necesita y yo me he acostumbrado a medir el tiempo por cuenta de las flores. Ya soy toda una experta e incluso me atrevo a desarrollar una teoría sobre cómo las hortensias mancan los cuartos, los geranios dan las medias y la jacaranda, las horas en punto. Él desglosa sus conocimientos empíricos sobre flores, matas y árboles y debate enardecido los errores de mi hipótesis. La llama hermenéutica, convenciéndome, con todas sus artes sarnosas, de mi profunda equivocación. Pero claro, yo no cejo en el intento de mostrarle que existen pequeñas reacciones, casi imperceptibles para las que ningún ingeniero formuló nunca un teorema.


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"Tú y yo siempre fuimos una quimera", le digo cada mañana en mitad del desayuno. Después de tantos años, aún no se termina de creer la fidelidad con la que concibo nuestra rutina. A diario, despliego un idéntico cortejo. Me gusta el jabón con olor a lavanda; deja un recorrido de limpieza matinal por toda la casa. A la postre, entiendo que esté cansado de mis continuas disecciones sobre las propiedades de la miel. La consume con un gesto de sacrificio y abnegación que siempre provoca mi carcajada. Después se esconde detrás del periódico. Parece un navegante divisando sus cartas atlánticas. Yo lo miro de reojo, aún me parece atractivo, si bien sus negros ojos hoy sean ya grises cenicientos.


(Imagen: Franz Christian Gundlach)




lunes, 3 de enero de 2011

WOULDN'T IT BE NICE


Y mañana iremos juntos al cine a ver una de Wilder y me regañarás por tener que acercarnos tanto a la pantalla. Habré olvidado mis gafas sobre el libro de poemas de la Yourcenar. Pero no podrás llamarme despistada porque tú también eres un desastre. Ayer olvidaste dar de comer a mi gata. Maullaba hambrienta pero no la oías, estabas demasiado distraído cazando abejas. Tendrás que pensar seriamente en conseguir una agenda. ¿Dónde apuntarás mis iniciales? De la A a la Z me has ya dado todos los nombres posibles.

El sábado debiste comprar un bote de insecticida. Sabes que nunca me gustaron las moscas. Volvamos al cine. Conoces a memoria las viejas frases de Baxter y Kulebik, sin embargo te siguen emocionando. En el fondo, sólo son dos grandes perdedores, como tú y como yo. No disimules ahora, siempre terminas llorando. Y deja ya de gruñir, Norman, eres un tremendo cascarrabias.

(Imagen: Garry Winogrand)