
"¿Y porqué no?", me repetía mientras lamía en círculos la sopa de los lunes. "Respuesta de fracasado", tarareaba la conciencia a falta de un estribillo. "Nada de eso", resentía mi lengua intentado dar forma a las palabras mientras engullía el caldo templado. En medio de excesos y desórdenes, veía flotar a la deriva los terrones de verduras, las masas de pasta convertidas en grotescas balsas, las gotas de grasa y mi cuchara.
La muerte de la abogada me hundía en sonoros destrozos anímicos. La amaba aunque en mi mente no se conjugara un deseo carnal hacia ella. Sentía encoger la parte alta del estómago sólo de imaginarnos juntos, desnudos, anidando en sábanas comunes. De noche estremezco cuando al sufrir una espontánea reacción sexual, aparecen nítidas y perfiladas las secuencias de su cadáver. Maldigo esos instantes de súbita impotencia viril ante una pesadilla de muerte. Sumerjo los dedos en la garganta para provocarme el vómito. Después, dolido y nauseabundo consigo dormir apenas unas horas.
De mañana llegan diligentes los primeros detectives al Juzgado. Los preliminares a la interrogación son tirantes. Sé mejor que nadie cuánto somos responsables y culpables todos los que permitimos semejante crimen. La limpiadora por no vaciar el cenicero repleto de colillas, el guardián y sus condenados perros, inútiles si no huelen la sangre anterior a la tragedia, yo mismo, patán de tercera categoría, enemigo infesto de la amistad. Todos apenados, reos y testimonios, todos salvo ese disfraz de hombre, comediante veneciano, en paradero desaparecido para satisfacción de los presentes.
(Imagen: Robert Frank)
La muerte de la abogada me hundía en sonoros destrozos anímicos. La amaba aunque en mi mente no se conjugara un deseo carnal hacia ella. Sentía encoger la parte alta del estómago sólo de imaginarnos juntos, desnudos, anidando en sábanas comunes. De noche estremezco cuando al sufrir una espontánea reacción sexual, aparecen nítidas y perfiladas las secuencias de su cadáver. Maldigo esos instantes de súbita impotencia viril ante una pesadilla de muerte. Sumerjo los dedos en la garganta para provocarme el vómito. Después, dolido y nauseabundo consigo dormir apenas unas horas.
De mañana llegan diligentes los primeros detectives al Juzgado. Los preliminares a la interrogación son tirantes. Sé mejor que nadie cuánto somos responsables y culpables todos los que permitimos semejante crimen. La limpiadora por no vaciar el cenicero repleto de colillas, el guardián y sus condenados perros, inútiles si no huelen la sangre anterior a la tragedia, yo mismo, patán de tercera categoría, enemigo infesto de la amistad. Todos apenados, reos y testimonios, todos salvo ese disfraz de hombre, comediante veneciano, en paradero desaparecido para satisfacción de los presentes.
(Imagen: Robert Frank)
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