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martes, 18 de mayo de 2010

EL VUELO NUPCIAL DE LA ABEJA REINA


Abro las alas y las muevo en furia.
Miro abajo y observo una pirámide de ojos que desafían todos mis actos.
Subo, subo y subo.
Tú me sigues; él me sigue.
En mi llanto está tu cárcel.
Me consideras demasiado libertina.
Bien sé que no eres partidario de tu reina.
Tú, el zángano más bello, el más admirado por mí, te precipitas al vacío.
Caes arrastrado por un torrente de obreras que devoran tus entrañas.

***
Los verdugos de tu muerte no celan en su observancia.
Entiendo que ha llegado la hora de decidir.
El horizonte se silencia sobre el océano azul de tu iris.


(Imagen: Jean Moral)


"On écrit à regarder une abeille mourir"
Excusez-moi, Thérèse


lunes, 17 de mayo de 2010

ENTRE LABROS Y CLÍPEOS


Pienso en tus labios como solitarias llanuras perdidas entre membranas.
Son balsas con frágiles siluetas de Medusa.
En ese instante acierto a tocar tus comisuras con la punta de mi nariz.
Me abrazas porque me sientes como un pájaro indefenso, indulgente con mis hombros.
Los acaricias incrédulo al observar cómo mi piel ha tomado un cariz poroso.
Absorto en mi boca, prohíbes que te regale ninguna declaración amorosa.
Ni siquiera el zumbido de unos vecinos nos distraen.
Fijas tu boca a la mía.
Entre labros y clípeos se congela un segundo mi vida.


(Imagen: Frank Horvat)




sábado, 15 de mayo de 2010

EL FURTIVO ELIXIR


Camina errante mi mano sobre tu acerado cuerpo.
Lamo tu piel.
En silencio dibujas una pirueta con mis piernas.
Ocioso, jugabas con mis pechos como bayas entre los dientes.
Las ropas en el suelo son testigos callados del adulterio.
Tantas noches soñadas con nuestros cuerpos desnudos han trazado un mapa perfecto.
Me dejo besar hasta que un torrente de hormigas desata una hilarante carcajada.
Sin cordura, reímos.
Inclinada prona, olfateo tu vientre, vergel sagrado.
Tomo el cáliz con ambas manos.
Acaricio el ápice.

***

No consiente tu mano que mis labios roben esas fortuitas gotas de simiente.
Fuerte, levantas mi cuerpo como un tronco seco.
Para calmar tu deseo, buscas una cueva profunda defendida por fuertes filamentos.
Los dedos palpan un hueco húmedo y cálido.
Descubro hipnotizada que no has superado la fase oral freudiana.

***
Y me besas.
Y me muerdes.
Y me penetras.
Y me aprietas contra la pared.
Y me murmuras seductores arrullos.

***

Me giro y retuerces mi melena.
Tu cadera lucha con la espina dorsal.
Con pausados movimientos voy conociendo las partes de tu sexo.
Me impulsas con la energía de un martillo.
Suave, suave, suave; ahora suave.
Y ríes.
Dices sentir fluir un líquido lubricante y pegajoso dentro de mi vagina.

***

Reclinado en la cama, me posees sentada sobre tí.

Mis piernas entrelazan un nudo prieto.

Aprisionas la espalda en el intento de ahondar en mis cuencas.

Con disimulo mides mi cuerpo; lo metabolizas.

Para entonces ya has sentido un cierto desapego.

Como un desvío de la lujuria al terreno del consuelo.

Finges normalidad y me besas.

Me sabes indiscreta.

Indago sin cortapisas palpando la esfera del chantaje emocional.

Vuelves en tí antes de derramarte sobre mi pelvis.

Tu doble personalidad alimenta mi entusiamo a la par que me provoca un estado de ensoñamiento profundo.

(Imagen: Bill Brandt)






jueves, 13 de mayo de 2010

ABEJAS EN EL MES DE ABRIL


Aquél fue un duro invierno.
Los días finían pronto, dejando un reguero de húmedas manchas en el suelo.
El agua hacía enturbiar los atardeceres.
Con hastío luchabas frente a la melancolía; perdías una batalla tras otra.
Un par de comunicaciones esporádicas fueron toda nuestra relación estacional.
Aquél fue un invierno demasiado duro.

***
Con la primavera sentimos renacer un conato de amistad.
Todo un año había crecido desde la última vez que te ví.
Hoy ha pasado una semana.
De noche, sucumbo a la tentación de tenerte.
Por el día, a intervalos constantes lamento haberte encontrado.

***
Accedí a nuestro encuentro sin dejar de atormentarme.
Cuando apareciste hilvanabas sosiego.
El espacio entre tú y yo se había convertido en un indefenso himen.
Durante los primeros minutos sólo hablamos de ilusiones perentorias.
Pronto perdieron el encanto.
Ávido, ahondaste en el grano de aquella cita.

***
Para ambos iba a convertirse en la primera infidelidad.
Estábamos frente a frente como promesa a tantas cavilaciones.
Sin escapatoria, respiraba lo que desechabas.
Tu hálito era suave y tu cuello una firme pilastra romana.
Podía reflejarme en tu sudor.
Cerré los ojos para evadirme de mi imagen.

(Imagen: Henry Cartier-Bresson)

miércoles, 12 de mayo de 2010

DE LA TERNURA


Encuentro este ardor mitigado entre las palmas de tu mano.
Tú consuelas mi aflicción hacia tí con suaves brisas de amistad.
Te muestras puro, indefenso como un colibrí.
Sabes qué decir para calmarme.
Yo te provoco por última vez.
Una vez más, te honra tu recato.
Avergonzada ante aquel estímulo sombrío, despierto mi mente a nobles poemas.
Quisiera soñarte como amante pero ahora eres mi amigo.
Mi gata maúlla los últimos calores del celo.


(Imagen: Wanda Wulz)


DE LA ANTOFILIA




En esta historia, me encomiendo el papel de abeja reina.
Vivo en mi colonia con un obrero y un zángano.
Pero fuera, inalcanzable, te pendes como una rara flor.
Oscilas con el viento, dejando verter un polen rubio y dulzón.
Cuando me aproximo, los filamentos que cubren mi cuerpo se erizan.
Esa silueta fálica envenena mi espíritu.
A riesgo de parecer descarada, me inclino cautelosa y bebo de tu néctar.
Por nuestra simbiosis, tú juegas con ventaja.
Usar tu aguijón sólo te abre las puertas de la petite mort.



(Imágenes: Karl Blossfeldt)

martes, 11 de mayo de 2010

TORMENTA DE MIEL (I)





Al día siguiente, juntos nos despertó el mediodía.
Tu cuerpo cubría una extensión inmensa de aquella cama.
Los valles que recorrí se habían suavizado en sus crestas.
Distinto era ya el aroma de tu piel: entonces afrutado, ácido ahora.
Como tras un cálido aguacero podía presentir un perfumado sabor a lodo.
Ausente debía parecerte mi sonrisa porque me inyectabas una mirada de recelo.
Pícara, entregada a la molicie, me descubro desnuda.
Una extraña sensación se deposita en mi vientre; diría cansancio, diría vacío.
Por las piernas untadas con el viscoso líquido que emana del útero siento resbalar tu mano.
Después, me sobrecoge un instante de pulcra timidez.
Será que tu aliento aún conserva el perfume agrio de mi sexo.
Aparentas normalidad; un temporal amainado y calmo.
Reinvento mi inocencia y pronuncio las dos sílabas de tu nombre.
Te he desvelado.
De día tu piel parece mármol.
Tu frialdad sólo era un tímido velo de escarcha, que se derritió al tacto.

(Imágenes: Pamela Hanson)

lunes, 10 de mayo de 2010

LA ESTRATEGIA DE LA ABEJA MADRE (I)


Recuerdo que esa noche vestías de blanco.
Te mezclabas entre la gente sin lograr escapar a mi ojo.
Otros me aburrían con historias tan vacías que he conseguido olvidar.
Probablemente, oía sólo ecos y balbuceos de aquellas conversaciones.
Mi intención era cautivar tu mirada.
Tú no parecías someterte a mi juego.
En un momento de la noche, decidí aletear fuera de mi estrecho grupo.
Puse cualquier excusa y emprendí tu búsqueda.
Los nervios en el estómago oprimían mi vejiga.
Podía palpar mi excitación.
Olfateaba tu presencia pero el ruido y el humo me distraían en la concentración.
Al fondo de la barra vi como una mano se alzaba para saludarme.
Definitivamente ésta no iba a ser la noche señalada.
Con desconsuelo caminé silenciosa arrastrando mis pasos.
Te ví; estabas tan cerca que podía intuir tu vaho.
Seguí fiel mi ruta; en el fondo no habría sido capaz de ir en tu encuentro.

***

Pasaron unos instantes demasiado longevos.
Es cierto que reía entre dientes para ocultar mi fijación.
¿Quién sabe que estarías imaginando?
Anidaba una malvada idea: tu riptus sería idéntico en una reunión de negocios que en mitad de un orgasmo.
Habría pagado por irritarte con semejante provocación.
Aún absorta en este ingenioso engaño, sentí una ligera caricia que envolvía mi cintura.
Percibí tu mano tibia, sudorosa, nerviosa.
A tientas, nos hicimos diversas preguntas de rigor.
Ésas que a nadie importan pero que son como muletas o trampolines hacia otros sueños.

(Imagen: Richard Avedon)






EL RITUAL DE LAS ABEJAS (I)


Cuando te ví, el pueblo dejó de parecerme una ciénaga.
Vivías a hurtadillas de tí mismo.
Entre una ligera percepción de lo vulgar y la tranquilidad que provoca la costumbre.
Las calles por las que te veía pasear disminuían su grandeza ante tu estatura.
Eras alto, de proporciones consistentes, como una torre que se alza desnuda.
Cuando intuía que estabas, escurridiza huía.
Mis días estivales pasaban encerrada en casa, entre libros, baños y películas.
No eras esa clase de hombres que encendía mi lado venéreo.
Sin más, te sentía latente, brillante como el deseo más honesto y desinteresado.
Llegó el día que, entre conversaciones pasivas, pregunté a otro amigo.
Las referencias hacia tí hablaban de cadenas.
Esos instantes lacónicos de otros brazos pertubaban mi ánimo como tubetas de agua sobre el cuerpo seco.


***

Un día toqué a tu espalda.
Te giraste.
Los colores de tu rostro emulaban molinos de viento para niños.
Yo era pequeña, enjuta; un suspiro discreto de oscuras intenciones.
Mentía sin saber contener el examen de tus manos.
En apariencia eras tan distante y frío que esas bromas que vertías se transformaban en sánscrito.
Te juro que sólo pensaba en escapar.
Miraba a ambos lados pero ningún plan alimentaba mi argucia.
Me sentía incómoda; tú seguías ahí, imperturbable.
Entonces, opté por doblar mi personalidad y utilizar una ajada máscara teatral.
Como Jano, contenía los nervios en el estómago y te contaba cosas para necios.
Esperaba que fueras tú a cortar la conversación.
Al fondo del descampado revoloteaba mi hermano.
Sonreí aliviada por única vez en la noche.
Mis pasos empezaron a multiplicarse en velocidad.
Ahora me quedaría para siempre la dulce miel de aquel momento.
Miré hacia atrás, memoricé la escena y pasaron, tranquilos y serenos, varios años.
Hasta hoy.

(Imagen: Tiziano, Amor Sacro e Amor Profano)









viernes, 7 de mayo de 2010

EL CORTEJO DE LAS ABEJAS


Ayer te esperé durante horas.
Pasaban los minutos a cámara lenta.
Olvidé incluso mi pertenencia.
Entre sueños, ensayaba mi puesta en escena.
Llegaste cuando ya me había rendido.
Al entrar, la oscuridad vestía tu rostro.
Tu cuerpo, como un roble, invadía el jardín.
Levanté la cabeza buscando tus profundos ojos.
Aquéllos que fueron mares hace siglos.
Te hablaba sin coartada.
Sentía un grave impulso en mi seno.
Dibujaba con mi cuerpo rituales de cortejo.
Pero te escapabas; así, sereno, no podía leer tu mente.
Hablamos de lo intrascendente de la vida.
Te daba mis coordenadas equivocadas.
Tú, preguntabas de forma directa.
Yo respondía con evasivas, sin remordimientos.
Decidiste partir.
En la profunda noche imantaba mi deseo.
Después, no hubo faro capaz de iluminar tu mirada.
Te fuiste y quedé cabizbaja.
No conseguí vencer a la lujuria imaginada.
Sola, mantuve la vigilia nocturna.


(Imagen: Willy Ronis)