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lunes, 26 de marzo de 2012

EL DIARIO DE CECILIA NARI [EN ROMA] V



Estoy escribiendo un diario en Roma. Desconozco si mi aventura tiene interés general o si esta idea ahúma otras iniciativas de mayor voltaje intelectual. Pero Roma es la ciudad a la intemperie, réproba desde hace siglos, con sillares que sudan ceniza y barro. Lejos de los turistas y la Biblia, están las historias de la bohemia y perdidos yerran los amantes que nortean las minúsculas calles. Es un periódico cotidiano de tipos, perseguidos e inventados. Roma es cuna mitológica. Tan repleta de símbolos clásicos como el huerto del Olimpo, poblado de criaturas paganas a la espera de ser descritas y relatadas.

 (Imagen: William Klein)

EL DIARIO DE CECILIA NARI [EN ROMA] IV



Escribir con el alma debe ser algo absolutamente emocionante. Sería como dejar la marca dactilar de uno mismo. Se escribe por necesidad de definición. Con frecuencia, entro en un diálogo ficticio con los escritores que admiro, ellos se mantienen en mi pensamiento durante unos minutos, permanecen quedos e inmutables. Aún soy una escritora barroca, mejor aún: postrentina y me preocupa el decoro, las formas, la palabra perfecta, la sintaxis segura. Un formalismo fulminante y ubérrimo.
Querida Sontag:
Hay un peligroso sueño que me aterra:
Pasa en el Aula Magna de alguna Universidad del este.
[Yo estoy de pie.
Y tú, sentada y aburrida.]
Hablo de fotografía, de Benjamin.
Tienes sueño.
Bostezas.
Entonces me doy cuenta de que hablo sin decir nada.
Creo que he ido a parar a las zonas muertas del sentimiento.
Podríamos quedar en tu sepultura.
Entre el anaquel de ensayos y las recetas de vida.

***

El miedo íntimo del escritor es ser expulsado de la literatura. Que sus grafías parezcan arañazos, retorcidas líneas fatuas de contenido, que sus versos sean empalagosos como flores de merengue. El diario es un líquido revelador de la impotencia literaria. Habría que castrar a los escritores que tuvieran un diario sin tachaduras, un diario sin una sola falta de ortografía. Porque, a la postre, no son más que sílabas fotocopiadas de revistas.
(Imagen: Paolo Ventura)

El DIARIO DE CECILIA NARI [EN ROMA] III




[EN SECRETO: CUADERNOS]
Quisiera añadir en mis diarios prolongadas pausas de silencio. Jules Renard, autor de una obra magna titulada así: Diarios (1887-1919), hace uso de la ausencia de forma ecuánime y solemne: “nieve sobre el agua: silencio sobre silencio”. El vacío es un recurso que conozco bien de la pintura y que en literatura me cuesta rastrear. Sin embargo, un buen diario está lleno de cavidades sin sonidos, que solo el autor conoce a memoria:

“Querido diario: hoy vino P* y habló con C*. Me lo confesó. ¿Qué debería hacer? Ya, lo sé, lo sé. Pero no me regañes. Estoy creciendo deprisa.”

En parte, un diario es como una guía de viajes donde los adjetivos provienen de los sentimientos. Diríamos que aparecen los hitos más importantes de la vida; porque el diarista sabe que al cuaderno poco le interesan las acciones mundanas. Con los años, se pueden hacer mapas conceptuales; editar y traducir los hechos marcados por el narrador como importantes o puntuales. Cuando hablo con mis diarios les pregunto qué significado tienen las palabras apuntadas al margen. Algunas son meras llamadas al orden cotidiano, otras adquieren, al pasarles el tiempo por encima, mayor importancia que las propias entradas:
Calor, pájaro, vientre, descalzo, hipertensión, hilo, llamar a Pablo.”

Ahora sé de dónde viene el miedo a publicar un diario: los padres y las hermanas mayores. Mi madre, con su careta de sabueso, solía hurgar entre mis cosas acechando pistas de una niña tan ordenada y callada como yo. No sé qué imagen se le dibujó de mí, cuando abrió la lata de conservas donde guardaba mi cuaderno y los libros ocultos de Marguerite Duras y de Luis Cernuda. Éste último no lo leí hasta bien pasados esos años inocentes. Creo que lo guardaba a sabiendas de la intromisión maternal. En la portada de La Realidad y el Deseo no había ninguna imagen prohibida.

“Sé que cuando leas mi diario, dejarás de cocinarme spaghetti con tomate durante una semana. Será nuestro castigo mutuo.”


(Imagen: Elliot Erwin)


El DIARIO DE CECILIA NARI [EN ROMA] II




A priori parece que el diario ofrece las versiones más exactas de uno mismo. Nos describe desde la órbita del ego, puesto que hablamos en primera persona:

“Querido diario: esta mañana me he despertado sola. He debido pasar la noche a oscuras porque no recuerdo con quién soñé. Pensaba que me había acompañado a casa, pero intuyo que mi deseo lo convirtió en fantasma y fue él, sin duda, quien me desnudó y dejó tiradas por el suelo todas las ropas que me cubrían en la fría noche romana.”

Obviada la presunción de inocencia, es cierto que pocos diarios desechan la posibilidad de burla y mentira. Somos lo que escribimos. En este sentido, es de sumo interés estas notas de misericordia del escritor hacia el protagonista del diario. Porque, aunque adquiera el papel de villano, aflorarán notas de heroicidad, mesura y admiración a uno mismo. Así, escribir un diario se convierte en un soliloquio ininterrumpido donde demostrar la maestría en la presteza de pensamiento. El verdadero diarista no expresa condescendencia consigo mismo, aunque a veces son inevitables las justificaciones. En palabras de Virginia Wolf: "El diario es tan privado y tan instintivo que incluso permite que otro yo se desgaje del yo que escribe, que se separe y observe al primero cuando escribe. El yo que escribe es un yo extraño; a veces nada le induce a escribir":

“Tenía un hondo apetito. Y ellos seguían comiendo, ajenos a mi hambre. Debía saciar la necesidad cuanto antes o juro que iba a desfallecer. De pronto vi cómo obsequiaban a los perros con jugosos trozos de carne roja. Esos estúpidos caniches no entendían nada de lo que era ganarse la vida”.

En otra época, un diario era un preciado tesoro que escondía secretos de señoritas. Verdades a medias contadas por miedo a la lectura paterna. Encerraban tanta fantasía como decoro. Hoy en día parece que las barreras de la privacidad se han derribado completamente. De adolescente hablaba horas con el espejo. Dejé de sentir miedo a la locura cuando descubrí a Alicia, entonces llamaba a estos monólogos “conversaciones en el fumoir”:

“Te tengo que contar algo muy importante para mí. He descubierto que ya empiezan a salirme canas. No me preocupa tanto, mamá las tenía antes de casarse con papá. No debe ser tan grave.”

En mi diario infantil, son estas anotaciones, las más núbiles, las que más me gusta leer y releer. Escribía casi todos los días con cierto rigor monacal. Las lazos en la letra de niña quedan bastante ñoños ante palabras como desagravio, infortunio, calavera o amanerado. La mayoría de las veces utilizadas en contextos infelices y carentes de ningún significado.

(Imagen: Gabriele Basilico)

EL DIARIO DE CECILIA NARI [EN ROMA] I



Un diario es una disección confidente e íntima que, en apariencia, simula despreocuparse del lector, porque se basa en la pura economía del lenguaje: “hoy: todo bien”. Literatura y vida se combinan sin acuerdos específicos, fuera de horas concretas para el ejercicio de la escritura. Por las hojas amarillentas del diario se revela la libertad del escritor, sus vívidas obsesiones y el lastre de sus mentiras cotidianas.

A menudo, filólogos e historiadores bucean entre las libretas del escritor buscando el mineral adherido que hace lógica una posterior novela, un ensayo científico o la propia autobiografía. Porque el literato habita en su diario, como el esteta en la percepción o el asceta en la oración. En otras tantas ocasiones, la ficción diaria hilvana un discurso de mayor estímulo vital que la narrativa obligada. No en vano, el miedo interno a la agrafia persigue al escritor en cada novela y al poeta en cada verso.

***

Llegados a este punto, diríamos que la virtud del diario se centra en la libertad emocional de expresar simples pensamientos de manera desordenada y huraña. Los motivos se deciden al instante, mientras las frustraciones van desapareciendo a medida que el autor va olvidando los detalles y abren paso a un vergel de falacias y de mentiras incorruptas. En las letras, como en la vida, nada es tan evidente.

Para cualquier libro, la fe de erratas es una declaración táctica de intenciones. Confieso que me he equivocado. Que tras horas de serias correcciones estilísticas, esta pluma sigue tropezando con el error. Por el contrario, el diario es el reino de la omisión para la duda. Es allá donde el escritor desacata la ortodoxia y se manifiesta de forma límpida y pura, a sabiendas que ningún lector debe tocar jamás sus íntimas confesiones.

En el diario se adquiere un ritmo a veces poco literario, de pura prosa. Repasa hechos que atardecen en la consciencia particular, sin pasar por el filtro del juicio. Son síntomas de la reflexión individual, sujetos a escasas reglas ortográficas y de puntuación. Escribir se convierte en una rutina perpetua, un alimento diario para Gargantúa. Desde un punto de vista psicológico, esta reinvención personal parece ser una terapia obligada para el humanista. Es la señal que permite estirar el pensamiento hasta convertirlo en reflexión.


(Imagen: Henry Cartier-Bresson, de la serie "Omaggio a Roma")