
El segundo día en el Hospital empezó de forma dramática. Encontré a mi padre deambulando a la entrada del edificio, fumaba como inhalando un humo mortal que le consumía las esperanzas. No tengo capacidad emotiva para imaginar la desolación y la extrema angustia que invadían su alma. En aquel estado, sobraba mi dichosa pregunta: "papá, ¿mi hermano qué tal está?" Sólo a una persona débil como yo, que disimula su miedo y aparenta serenidad se le ocurre formular semejante interrogación.
Levanté la cabeza en un intento de buscar su mirada y descubrí unos ojos ensangrentados por torrentes de nervios colapsados por la inmensa pena. Él, hombre de lejanas ensoñaciones, tenía que ver morir a su hijo, al que siempre tuvo como alocado heredero. Al que siempre aconsejaba a gritos debido a la rudeza de ambas personalidades. Él, hombre de esperanzas, no podía articular una sola palabra y desviaba su mirada con el propósito de no tropezar con la mía.
Tras pasar el umbral del Hospital, me reuní con mi madre. Al menos de forma nominal, ella era mi madre. Desesperada, marchita, cubierta por una espesa capa de amargas lágrimas se agarraba al brazo de su hermana mayor y rezaban a un ritmo frenético. Desconocía las malas noticias con las que empezaba el día. Su hijo no mostraba signos de vida. Se debía cumplir el destino. Pero no, no lo podía permitir. Rezaba, imploraba, se santiguaba por los pasillos como intentando impedir la entraba de los ángeles que vendría a recoger su cuerpo sin vida.
En aquel momento, olvidé mi ateísmo y no contuve el deseo de rezar. Me daba cuenta que formaba parte de un proceso de ecolalia: repetir hasta aliviar, repetir hasta asumir, repetir hasta olvidar. De repente salió un médico, con su túnica blanca, su cara iluminada por haces de luz, sus manos trenzadas y dijo: "tenemos signos de vida. Necesitamos que pase un familiar". En aquellas fatídicas circunstancias, ninguna de nosotras podíamos ser el adalid que condujera a mi hermano hacia la vida.
A la salida de la incubadora que lo mantenía, mi padre sonrió. Estaba, al menos, vivo. Bien es cierto que era una vida de adrenalina artificial, de barbitúricos y otros anabolizantes. Al cabo de unas horas entramos a su cubículo. Estaba tendido, hinchando por el agua que penetró en su cuerpo, abría sus ojos negros y movía sus pupilas hasta encontrar el imán materno. Le imploramos que luchara, que no se rindiera, que estábamos con él, que nunca lo abandonaríamos.
(Imagen: Rosso Fiorentino)
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